miércoles, noviembre 02, 2016



¿Qué diferencia a la filosofía de la ciencia? ¿Por qué alguien podría interesarse en una o en la otra si, supuestamente ambas buscan la verdad? Bueno, la ciencia busca el conocimiento, ahí se encuentra la diferencia, primera diferencia que parece separar de alguna manera el conocimiento de la verdad. Tal vez un ejemplo ayude a entender lo que digo: ¿qué busca aquel que se inclina por el conocimiento científico? y ¿qué busca aquel que entra en el camino de la filosofía? El primero busca el saber, el conocimiento que le da poder sobre el mundo. El segundo busca entender en qué consiste una vida con sentido y cómo alcanzarlo.

El saber científico está dominado por la pulsión de poder, el conocimiento filosófico busca encontrar un sentido a la vida. Esta primera distinción nos alerta sobre la personalidad tras cada emprendimiento: una busca el poder; la otra se siente desvalida, con problemas de autoestima buscando desesperadamente el reconocimiento.

Tras toda búsqueda filosófica se encuentra un duelo no resuelto, una gran pérdida que dejó al sujeto sin cimientos sobre los que erigirse. Se dice que la filosofía busca las causas últimas, éstas son los cimientos sobre los que se erige una persona o una comunidad.

Quien se entrega a la investigación científica no presenta esta carencia de forma tan notable, sólo busca poder. Claro, también reconocimiento, como todo el mundo, pero no de forma tan desesperada como quien se inclina por la investigación filosófica, pues ésta posee un carácter cuasi religioso. El motivo es sencillo, a este último le va la vida en ello. Por eso se han dado tantos suicidios entre los filósofos.

Pero ¿por qué se necesita un sentido para la vida? Habrán notado que en estos últimos tiempos la vida humana se ha desvalorizado, un delincuente mata a una persona sin motivo alguno, le da lo mismo. Vemos morir como moscas a las personas en el cine sin que se nos mueva un pelo. Antes la vida era sagrada, hoy no es nada.

Si es problemático descubrir que la vida de los demás no vale nada, más problemático es descubrir que la nuestra tampoco. Podemos ver en las redes sociales cómo sus miembros tratan de darse importancia construyendo perfiles públicos impecables, con citas de la Madre Teresa y Albert Einstein. Cómo toman partido por las causas públicos para demostrarnos su preocupación cívica, aunque claro, fuera de las redes su actividad sea completamente nula. Tras la construcción de una imagen pública existe una carencia de sustancia vital, un gran problema de desvalorización.

¿Cómo vivir cuando se siente que no se vale nada? Un camino es la adicción. El propósito de las adicciones es el de nublar nuestro juicio, adormecernos, destruir la conciencia del yo, particularmente la de desvalorización. Cuando hablo de adicciones no me refiero sólo a las drogas, alcohol, comida, etc., sino a todo aquello que cumpla una función similar como puede ser el consumo. Hay quienes se drogan bebiendo alcohol y quienes compran y compran para provocarse algún tipo de placer. Continuamente se está bajando la palanquita que provoca una descarga sobre los centros del placer.

En cambio, habrán notado que quienes se embarcan en alguna actividad con sentido se vuelven disciplinados y contrarios a placeres que provocan distracciones. El trabajador que experimenta su trabajo como misión puede olvidarse de comer. Los grandes emprendedores ejercitan inconscientemente una ética protestante. Una gran misión nos vuelve indestructibles y nuestras necesidades físicas parecen reducirse, pues la misión nos llena completamente al darnos, no sólo un sentido sino, que por sobre todo un valor. Ya no somos nadie, somos una fuerza de la Naturaleza, una fuerza necesaria para llevar el bien a la Humanidad.

Claro, quien se encuentre imbuido del espíritu de misión necesita valorizarla y descalificar cualquier otra. De ahí los grandes conflictos entre quienes piensan distinto. Estos conflictos se dan sólo entre quienes están imbuidos del espíritu de misión, no entre quienes consideran que la verdad es relativa y depende del cristal con que se mire. De ahí el peligro de estas personas, pues terminan volviéndose fundamentalistas ya que no pueden aceptar que puedan estar equivocados. Vemos que la izquierda latinoamericana está plagada de casos de corrupción, pero se defienden entre todos con uñas y dientes porque no pueden aceptar que su misión pueda estar equivocada y dirigida por corruptos, pues su vida perdería sentido y caerían en la anomia.

Así es como nos encontramos en las facultades de Humanidades, no a grandes pensadores, sino a fanáticos llenos de ideología que pretenden defender sus posiciones, no tanto con argumentos, sino descalificando cualquier posición contraria y con las agresiones. Quién está dominado por una ideología no cree en los relativismos, una vez aceptada una causa simplemente se la defiende. Los argumentos se vuelven panfletarios, doctrinarios, el libre pensamiento queda prohibido, pues pensar por uno mismo es lo más peligroso para una misión, pues una misión necesita de soldados que acaten órdenes, no de libres pensadores que puedan cuestionarla.

Toda gran misión tiene líderes, una doctrina, y militantes que aspiran algún día convertirse en líderes de su causa, pero mientras tanto seguirán fieles a sus líderes actuales.

Quienes se encuentren en el mundo de la filosofía habrán notado cómo se cuestiona la corriente hedonista. El hedonismo es rechazado visceralmente, y tiene su motivo: una persona que sólo vive para satisfacer sus impulsos no vale nada, y quien entra en la carrera filosófica busca un sentido, una misión que dé valor a su desvalorizada existencia. hedonista para ellos son todos aquellos entregados al espíritu de consumo, ellos deben marcar una diferencia con estos supuestos fracasados.

El espíritu de misión se acompaña del ascetismo y ataca toda entrega a la satisfacción pulsional de cualquier tipo porque siente que una persona pierde vigor y consistencia al hacerlo. A mayor espíritu de misión mayor ascetismo y fundamentalismo. Claro, de alguna manera los líderes parecen estar excluidos de estas reglas.

El filósofo, entonces, más que la verdad busca un sentido para su vida, para así encontrar el reconocimiento que tanto necesita. Necesita dejar de ser nada y nadie para llegar a ser alguien de valor. Así es como se diferencia del científico que sólo buscaría poder.


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